
Nunca imaginé que Cielo, una prostituta de un pueblo tan alejado de todo como es Quimbiri (frontera entre Ayacucho y Cuzco, a orillas del Río Apurímac), me ofereciera un análisis tan completo, casi radiográfico, de la problemática que enfrentan los productores cocaleros de la zona, tan vilipendiados y abandonados a la vez por todo el aparato estatal y gran parte de la sociedad que vivimos al otro lado de "su mundo".
Quimbiri es un pueblito pequeño, pequeñísimo, que está ubicado en el Valle del Río Apurímac y Ene. Está en la orilla del río que pertenece a Cuzco. Al otro lado, justo en frente, cruzando el agua turbia del Apurímac, está San Francisco, otro pueblo igual de pequeño y muy parecido que pertenece a Ayacucho.
Llegar hasta aquí, por tierra, desde Lima, es bastante pesado. Once horas en bus hasta Huamanga y luego ocho horas más en camioneta por una trocha a medio construir que parece colgar de las elevadas faltas de la montaña.
En Quimbiri trabaja Cielo, prostituta, 23 años, delgada, con unos rasgos de belleza en su rostro y en su figura que aún conserva de otros tiempos. Cielo vende su cuerpo, lo alquila y lo fía. Dependiendo del cliente, claro. “A los narcos no les fío ni cagando… ¿por qué?... porque tienen plata pues, y tienes que aprovechar antes que los chapen los tombos o los maten de un machetazo en la selva”.
Cielo no es de la zona. Uno la reconoce fácilmente porque no tiene ese dejo entre charapa y serrano que es común aquí. Nació en Comas y está en Quimbiri hace seis meses. Ya se quiere regresar a Lima, pero dice que aun no tiene para comprar una combi de segunda en la que pondrá a trabajar a su hermano menor.
Ella conoce bien su chamba. “A quienes les fío es a los campesinos… ¿Que son misios?... Ni cagando, cholito… bueno, misios son algunos; es decir, todos, pero manejan su billete. Aquí todos se conocen y una ya sabe quién tiene coca sembrada y cuándo la va a cosechar. Entonces, a ellos les fío, pues. Cuando venden su coca me pagan y encima me dan propina y consumen chelas”.
Cielo trabaja en el Éxtasis, una choza de madera medio iluminada con focos verdes y rojos. Tiene fama de ser el mejor nightclub de por aquí y más, desde que llegó Cielo. Con ella hay más chicas, yo he podido contar hasta ocho. Cielo me dice que no todas trabajan todas las noches. “Qué sé yo, porque no quieren, no pueden, están con la regla, con infección, dieron “positivo”, están con su marido o simplemente porque no tienen ganas. Ahí están durmiendo, detrás de la barra”.
Una de las cuatro tardes que pasé en Quimbiri, salí a pasear con Cielo. Caminamos por el puente que une Quimbiri con San Francisco. Fuimos a San Francisco. Ese día, un entuerto municipal hizo que las autoridades de ambos poblados prohíban el ingreso de vehículos provenientes de la otra orilla. Entonces caminamos por el puente de metal y madera junto a muchas personas obligadas como nosotros a cruzar a pie de un lado hacia otro.
Los hombres me miraban al lado de Cielo y se burlaban. No abiertamente, pero si lo suficiente como para que yo lo note en sus gestos, sus miradas, sus medias sonrisas y más explícitamente en sus cuchicheos. A Cielo la conocían bien. No era la más guapa del lugar pero tenía fama de “sacaconejos”. “La limeña sacaconejos”. Dos etnocaceristas que, uniformados, caminaban en sentido contrario vendiendo unos panfletos, no se aguantaron y comentaron en voz alta. “Oe, qué huevón ése... cómo chucha se va a pasear así con la cielo por la calle”. Las mujeres, en cambio, ni cuenta se dieron. O eso creo yo.
Fuimos al cine. Cielo escogió el Excalibur. “Los otros son más chiquitos… su pantalla es chiquita nomás, no tienen aire acondicionado y huelen a puro sobaco de cholo”. Pasaron una de Van Damme, Doble Impacto. Ella ya la había visto antes, pero le gustaban las artes marciales y un poco de acción. Luego fuimos a cenar.
Entre Quimbiri y San Francisco hay más de diez restaurantes y el doble de hoteles. Cifras demasiado altas para un lugar tan pequeño. Apenas si hay camino asfaltado, pero sobran autos “tuneados” y motos pisteras. Optamos por el restaurante de carnes. Nadie saludó a Cielo, pero todos la conocían. Antes de pedir, mi acompañante salió disparada detrás de uno de los comensales que parecía escaparse sin pagar la cuenta.
Ocho minutos después Cielo regresó y me dio la razón. El señor con pinta de campesino que huyó del restaurante no pagó la cuenta, pero no la del lomo saltado que se comió, sino la de una “atención” con la sacaconejos hacía ya varias semanas. “Ta’ huevón el cholo. Yo lo paro de cabeza si no me paga”, me dijo Cielo en perfecto castellano limeño.
Más tarde me confesó que no le dirá “al Carlos”, su caficho, que un cliente le debe. “No es que no me quiera pagar… ese cholo es buena gente y da propinas. Y cuando va al local lleva a su hijo que es chibolo y los atiendo a los dos al toque nomás… Pero pasa que los de Devida y los tombos le han matado su coca”.
¿Cómo matado?, pregunté. “Matado, pues, con insecticida… esa vaina que le echan a los sembríos desde una avioneta. Es un polvo blanco que mata a la coca y de paso a las plantas de cacao y papaya. El cholo está jodido, ya qué le voy a decir. Peor si le cuento al Carlos… lo mata, pero qué gano yo con eso”. Cielo detalla sus historias sin darle mayor importancia, solo las narra con esa voz entre chillona y dulce que tiene. Habla porque puede hacerlo.
De pronto pasan dos sujetos con evidente apariencia de extranjeros. “Esos gringos son una cagada”, me dice Cielo y se queda callada por unos segundos como guardando un secreto. Luego lo escupe. “Pero pagan bien, ellos no van al local. Te mandan a recoger en una mototaxi y te llevan a su base. Son bien enfermitos y se aplican su vaina…”.
Son cerca de las ocho de la noche y Cielo ya quiere irse. “Tengo que trabajar en dos horas, cholito, si no me quedaría contigo. ¿Dónde estás hospedado?... Ah, ya, y ¿tienes plata o has venido misio?... ¿misio?... aquí estas jodido si no tienes plata. Todo es caro, mira el restaurante: 18 lucas el plato. El cine, cinco lucas la entrada. El Internet, tres lucazas la hora. Claro, tiene cámara y es privado, pero igual muy caro. ¿Yo? Mejor ni te digo cuánto cuesto yo”.
Cielo lo sabe todo y es difícil ganarle, pero insistí. “¿Tarjeta de crédito?... jajaja. No seas monse… y por dónde la vas a pasar aquí, ¿por la raya de mi culo?... No seas lorna, si no hay bancos… Mejor busca chamba en los sembríos. La única tarjeta de crédito aquí, cholito, es la hoja de coca”.
Cielo se pintó los labios antes de besarme la mejilla y se fue. Me dejó solo, apoyado en la baranda del puente, que ya había sido abierto a los vehículos. Me dejó mirando unos troncos que se ahogaban en el agua sucia y con barro y pensando en lo de la tarjeta de crédito. “¿Por dónde la vas a pasar? ¿Por mi culo?”. La frase encerraba muchas cosas para mí. Desde la realidad socioeconómica de esta zona cocalera hasta la excitante posibilidad de tener a mi disposición el culo de Cielo para pasar por él, incluso mi tarjeta de crédito. Así me quedé pensando en ese puente sobre el Apurímac. Pensando en el culo de Cielo.
Cielo se pintó los labios antes de besarme la mejilla y se fue. Me dejó solo, apoyado en la baranda del puente, que ya había sido abierto a los vehículos. Me dejó mirando unos troncos que se ahogaban en el agua sucia y con barro y pensando en lo de la tarjeta de crédito. “¿Por dónde la vas a pasar? ¿Por mi culo?”. La frase encerraba muchas cosas para mí. Desde la realidad socioeconómica de esta zona cocalera hasta la excitante posibilidad de tener a mi disposición el culo de Cielo para pasar por él, incluso mi tarjeta de crédito. Así me quedé pensando en ese puente sobre el Apurímac. Pensando en el culo de Cielo.
Por Dany Tsukamoto
(Crónica inédita, hasta hoy)
1 comentario:
Profe, ¿Llegó a tocar el cielo?
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